Newsletter Nº 8 – 6 de Junio de 2006 - Año 1    



MIGUEL ROJAS MIX, FILOSOFO E HISTORIADOR

"Para entendernos, convertimos la realidad en estereotipos"


Todas las culturas necesitan imágenes para contar su singularidad. Los emblemas nacionales, las caricaturas o la publicidad son signos que condensan los rasgos de identidad de cada sociedad.

Las imágenes están ocupando un lugar de creciente importancia en la sociedad. ¿Se trata de un fenómeno nuevo?

—La civilización de la imagen existió siempre. Basta ver que hay determinadas culturas que conocemos casi exclusivamente a través de la imagen. Sabemos más de las culturas egipcia, mesopotámica y precolombina a través de la imagen que por textos. Claro que también es necesario hallar las visiones del mundo que sustentan las imágenes para poder entenderlas.
·  ¿Por ejemplo?

—En Chichén Itzá hay un fresco que muestra un paisaje, una serie de personajes y un río donde se ven tres canoas. Se la ha descrito como la imagen de un pueblo, pero cuando uno entra en la gramática formal del mundo precolombino se da cuenta de que no es un cuadro sino que es un viaje, y que los personajes que están en el pueblo atraviesan distintas etapas de su viaje. Las canoas no son tres canoas distintas, sino la misma, que está avanzando en el río en diferentes momentos. Esa cultura —a diferencia de la occidental renacentista— cuando hace una imagen introduce el tiempo. Por eso, la lectura a la cual debemos someter una imagen tiene que partir de los códigos de representación que esa cultura utilizó.
·  Pero la dimensión social no es la única del imaginario, ¿o sí?

—Cuando yo hablo de imaginario, hablo también del imaginario mental. Así, por ejemplo, el amor es un imaginario. A veces, el imaginario amoroso hace que la realidad amorosa sea decepcionante. El mundo está formado por una serie de imaginarios que no son muy distintos de la ideología, pero que no se oponen a la verdad —cosa que sí hace la ideología— porque no la buscan. La imagen no pretende ser verdad, pretende ser verosímil. Por eso muchas veces es más seductora que la palabra.
·  Y la fuerza de seducción, ¿qué vehículo dominante utiliza?

—Hoy en día, el mayor canal de seducción es la publicidad. Es que si yo quiero vender, primero tengo que seducir. Ahora, seducir no es solamente la provocación luciferina. Es también atraer para permitir percibir. Si yo quiero comprar algo, antes tengo que percibirlo, distinguirlo. En una publicidad de Benetton aparecía un enfermo de sida. ¿Qué es lo que le interesaba al publicitario? Buscaba que la imagen fuera tan fuerte y chocante que atrajera la atención. Se veía esa imagen y luego la marca, haciéndola inolvidable.
·  ¿Hasta dónde se puede llegar para crear visibilidad?

—Se han hecho cosas que están en el límite de lo que podría ser calificado como obsceno. Una fábrica de ropa, en Chile, hizo una campaña de moda tomando poses de mujeres torturadas. Por otro lado, hay extremos positivos: en la lucha contra el racismo, por ejemplo, darle visibilidad a la negritud es generar ideas sobre ella.
·  ¿Qué fuerza de seducción ejercen los emblemas nacionales?

—Los emblemas nacionales son símbolos de reconocimiento y, a menudo, de promesas. El emblema le promete a la nación algo y genera un discurso de identidad. Hugo Chávez acaba de agregarle una estrella más a la bandera venezolana. En el escudo nacional había un caballo que galopaba hacia la derecha, con el cuello dado vuelta hacia la izquierda. Chávez lo dio vuelta y lo hizo galopar hacia la izquierda. Hizo un juego de manipulación de los emblemas para que sustentaran su línea política.
·  Hoy el reconocimiento nacional es perceptible ante otro emblema: la camiseta de fútbol.

—Es un hecho. No hay nada que active más el sentimiento nacional que once hombres con una camiseta que en un campo de fútbol se están enfrentando a otros once con otra camiseta. La importancia que puede tener el fútbol para el sentimiento nacionalista es notable.
·  Se suele acusar a las imágenes de manipulación. ¿Coincide?

—Las imágenes resumen, como también lo hace la palabra, todos los aspectos de la cultura. Eso implica que no son sólo manipulación, pero tienen un elemento de manipulación importante. Nada de esto niega que son documentos de primer orden que condensan la identidad y reflejan el espíritu de un pueblo. ¿Sabe que ahora tengo interés en hacer un ensayo sobre Ortega y Gasset y Divito?
·  ¿Qué relación encuentra entre ellos?

—Ambos trabajaron con imágenes —con estereotipos— con distinta suerte. Guillermo Divito hizo una revista de caricaturas extraordinaria, Rico Tipo, con personajes como el doctor Merengue y Pura Pinta, que son prototipos del porteño. Y Ortega escribió Meditación de un pueblo joven, donde también desarrolla el imaginario del porteño a través de estereotipos. El tiene la idea de que, como pueblo joven, Argentina no tiene un presente, pero va a tener un futuro; uno de los grandes mitos que los argentinos han pagado caro. Ortega llega a la siguiente conclusión: "Argentina, como pueblo joven, tendrá grandes gobernantes, pero no tendrá grandes escritores". Conclusión más errada es difícil de encontrar.
·  La cultura de masas, tan basada en imágenes, ¿es chata y reiterativa o puede ser el germen de saberes e innovaciones?

—Sin duda, es germen de innovaciones, de nuevas visiones del mundo y de nuevos lenguajes.
·  ¿Aun en la globalización?

—Aun en ella. Porque la sociedad globalizada apunta a masificar a través de un discurso esencialmente icónico. La imagen es un discurso más comprensible que la palabra, en la medida en que haya una base común para entenderla. Pero es cierto que la cultura de masas puede jugar diversos papeles. El imaginario cotidiano es fundamental para el conocimiento, y esto me hace tener una gran desconfianza hacia la exterioridad interpretativa de los especialistas que desde fuera de nuestra región la interpretan y brindan recetas. El conocimiento necesita dos componentes para que se proyecte sobre la realidad: erudición y familiaridad. La erudición sin familiaridad hace llegar a conclusiones que son abstractas y erróneas, porque se aplica una fórmula para entender algo, y a veces esa fórmula no tienen nada que ver con la particularidad de un grupo. Y la familiaridad nace, fundamentalmente, de la cultura de masas: es la que permite comprender una serie de signos que tienen que ver con cómo piensa el argentino, con cómo se vive en Buenos Aires, con los códigos que se tienen aquí.
·  ¿Así no estaríamos quedando atrapados en estereotipos?

—¡Pero si nosotros, para poder entendernos, vivimos convirtiendo la realidad en estereotipos! Lo nacional es un estereotipo, igual que en general lo es la visión del mundo. Del gaucho sale lo gauchesco, un sentimiento. Lo mismo ocurre con el compadrito y el tango, es decir, con una serie de figuras que en realidad son estereotipos. Por cierto, el estereotipo es una falacia: no es mentira, pero no es absolutamente cierto. Nadie es igual al estereotipo, que es una especie de caricatura, pero gran parte de la cultura está basada en los estereotipos y funciona por ellos.
·  En la construcción de estereotipos, ¿qué papel tienen los medios de comunicación?

—La televisión, el cine y los nuevos medios funcionan creando estereotipos. Por ejemplo, los estereotipos de la moda crean el estereotipo del hombre elegante. Así también hasta se legitiman guerras. Cuando Bush dice "vamos a luchar contra las fuerzas del mal", recurre a un estereotipo. Su discurso no parece tomado de Clausewitz, el teórico de la guerra, sino de Superman y de Batman. Vivimos en una selva de estereotipos.

·  ¿Qué puede hacer la razón ante esto?

—El pensamiento crítico tiene que enseñar a establecer criterios de pertinencia y de relevancia. La sociedad de la información es un mar de datos en el cual todos nos ahogamos si no sabemos seleccionar. Para hacerlo, es necesario tener criterios de pertinencia y relevancia. Se necesitan para saber qué conviene a nuestra identidad y a nuestro futuro, para saber qué identidad les vamos a trasmitir a nuestros hijos. Estos criterios tienen que surgir de una conciencia, de un desarrollo de nuestra cultura, que nos permita mantenernos como ciudadanos del mundo y como ciudadanos de la región. Si la globalización es el Pato Donald, Mafalda es nuestra identidad.

 

 

 

 

 

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