Newsletter Nº 25 – 1 de Agosto de 2006 - Año 1    


Fuente: The New York Times

La crisis en Irak y la escalada de violencia en Israel y El Líbano han vuelto a desprender el barniz de estabilidad en toda la región. Estabilidad que nunca dura mucho, pues suele ser presa de los desconcertantes giros en la situación interna de cada país.

Las rivalidades han tejido desde hace tiempo una extensa y compleja red en el Medio Oriente por ambiciones nacionales, ideología, religión y riqueza petrolera. Las naciones o grupos que estaban de acuerdo en un punto a menudo peleaban por otro. Aquellos ajenos a la región a veces agitaban estas divisiones para sacar provecho, pero encontraban que sus planes se deshacían fácilmente.

Un ejemplo: los movimientos revolucionarios. Cuando gobernaban los colonialistas, los nacionalistas seculares y los fundamentalistas religiosos podían unirse contra los occidentales, luego librar una guerra entre ellos por el poder, ya fuera en Egipto, Siria o Irán.

Actualmente, los revolucionarios islamistas van en aumento, mientras que se considera moderados a los nacionalistas más seculares. Y son los fundamentalistas una vez considerados aliados de Estados Unidos contra el comunismo quienes son los enemigos más temidos de ese país.

Con todo, vale la pena recordar que hay dos grandes corrientes de islamismo, la chiita y la sunita. Sus combatientes tal vez funcionen a la par contra Israel a orillas del Mediterráneo, pero luchan entre ellos en Irak.

Estos giros desconcertantes tienen consecuencias. El vacío de poder en Irak y la violencia sectaria que ahora llena ese vacío contribuyen a que se abra el camino para que el poder iraní se propague sin obstáculos. La creciente influencia iraní, según analistas, ha sido un factor en la repentina lucha que estalló este mes en la frontera entre El Líbano e Israel.

En conjunto, el conflicto en Irak y la escalada de violencia en Israel y El Líbano han vuelto a desprender el barniz de estabilidad en toda la región.