Newsletter Nº20– 14 de Julio de 2006 - Año 1    


Fuente: www.clarin.com

UN CAMPO SIN EXCLUSIÓN SOCIAL


Alieto Guadagni. Representante de la Argentina en el Banco Mundial.

El autor sostiene que mejorar la cobertura y la calidad de la educación rural justifica el uso de los recursos públicos para promover una mayor inclusión social. Y agrega que estamos frente a la difícil tarea de romper el círculo vicioso de escaso nivel educativo de los padres rurales y falta de oportunidades educativas para los hijos.

Es sabido que históricamente la educación rural ha tenido en nuestro país un marcado rezago con respecto a la educación urbana; este rezago es notorio en varias regiones, particularmente en las provincias del Noroeste y Noreste. Las carencias más graves se concentran en el nivel preescolar y en el último ciclo de la Educación Básica. Si bien es cierto que la cobertura de la enseñanza primaria es casi universal aun en las zonas rurales, la calidad de esta educación no es uniforme, lo que ocasiona altos índices de repetición y abandono de los estudios y limita la posibilidad de acceso a niveles más altos de educación para los niños que asisten a las escuelas rurales.

Existen aproximadamente 140.000 niños en las zonas rura les que no tienen acceso al nivel preescolar o al último ciclo de educación básica; el 70 por ciento está concentrado en el noreste y noroeste del país. Además, casi el 40 por ciento de los niños rurales está rezagado en sus estudios comparado con el 23 por ciento de rezago en las zonas urbanas. Señalemos que la inscripción en la escuela primaria en las provincias del Noreste y Noroeste del país representa casi el 60 por ciento del total de la inscripción rural del país, aun cuando estas dos regiones solo representan el 20 por ciento de la población total de Argentina. La notoria desigualdad de oportunidades se aprecia cuando se observa que, mientras el 94 por ciento de los niños de hasta 5 años asiste a la escuela en la ciudad de Buenos Aires, apenas lo hace el 45 por ciento de los niños en el campo chaqueño. En el grupo de edad entre 15 y 17 años asiste a la escuela el 85 por ciento de los jóvenes urbanos en la Provincia de Buenos Aires, pero apenas el 35 por ciento en el campo santiagueño.

Al igual que en materia de cobertura, la calidad de la educación en las zonas rurales es inferior que en las áreas urbanas. Debido a la baja densidad de población, las escuelas rurales tienen aulas que abarcan varios grados, muy diferente a las múltiples secciones por grado que caracterizan a la mayoría de las escuelas urbanas. Los maestros rurales no tienen acceso a las fuentes de información, apoyo de sus pares y oportunidades para desarrollo profesional que a menudo tienen los maestros de la ciudad. Las escuelas rurales han estado habitualmente ubicadas al final de la lista de prioridades en la asignación de recursos para infraestructura, equipos, material didáctico y maestros con título. Un significativo porcentaje de escuelas rurales no poseen electricidad o agua corriente ya que se encuentran fuera de la red de suministro. Apenas recientemente se comenzó a equipar a las escuelas rurales con fuentes de energía alternativa tales como paneles solares, métodos modernos de recolección de agua de lluvia o bien otras fuentes de agua de bajo costo. Deficiencias en la provisión de recursos fundamentales tales como material didáctico son parte de un cuadro general de falta de atención a las escuelas rurales. Los índices de repetición, exceso de edad y abandono de los estudios son mucho más elevados en el caso de los niños de zonas rurales que en el de sus pares de la ciudad. Los niños rurales aprenden menos cuando están en la escuela y abandonan con mayor frecuencia después de repetir varias veces. Por este motivo, mejorar la cobertura y la calidad de la educación rural justifica el uso de recursos públicos necesarios para promover una mayor inclusión social en el campo.

A diferencia de lo que ocurría 20 años atrás, cuando en los países en desarrollo los ingresos de los trabajadores con educación secundaria y terciaria no eran muy altos en comparación con los de trabajadores con apenas educación primaria, este diferencial ha aumentado sustancialmente en los últimos años. Este incremento se da particularmente en el caso de trabajadores con educación terciaria pero también en los ingresos de trabajadores con educación secundaria. En toda América Latina y en muchos otros países los ingresos de los trabajadores con educación primaria han sufrido una brusca disminución mientras que los ingresos de trabajadores con educación superior han aumentado. Este aumento de los ingresos relativos de trabajadores con educación superior refleja una creciente demanda de calificaciones motivada en gran parte por la proliferación de nuevas tecnologías. El campo no ha sido ajeno a este proceso: año a año aumenta la demanda de trabajadores rurales especializados en los nuevos saberes técnicos, para los cuales ya no alcanzan los antiguos y tradicionales oficios.

Esta creciente demanda de calificaciones ha valorizado la educación superior y técnica como factor para el crecimiento en todas las actividades productivas, ya que la formación de una fuerza laboral rural con calificaciones superiores constituye un elemento clave para mejorar el clima de inversión, lograr una ventaja competitiva y alentar el crecimiento económico. Pero para los jóvenes rurales pobres con poca o sin educación, las oportunidades que se les presentan son limitadas, ya que enfrentan enormes desventajas en este nuevo mercado laboral, tan exigente por la complejidad de sus demandas.

Argentina se encuentra a principios del siglo XXI frente a un doble desafío. En mayor o menor medida, todos reconocemos la importancia que la educación tiene en la determinación de los ingresos de las personas y de los hogares. Pero, al mismo tiempo, es el ingreso del hogar el que condiciona en gran medida las oportunidades de educarse con que cuentan las personas. Esta doble implicación nos coloca frente a la difícil tarea de romper este círculo vicioso de escaso nivel educativo de los padres rurales —pobreza presente— y falta de oportunidades educativas para los hijos —pobreza futura—. Bienvenido entonces el actual programa educativo del gobierno nacional que, con la colaboración del Banco Mundial, apunta a mejorar la cobertura, la eficacia y la calidad de la educación rural en nuestro país. Este tipo de programa es crucial no sólo para ampliar la inclusión social sino también para impulsar el crecimien to de la producción agrícola, utilizando avanzadas tecnologías y añadiendo así más valor "agregado" a bienes agroindustriales.

 

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